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martes, 15 de octubre de 2013

Fobia Social

María Antonieta es una adolescente de 17 años, acudió hace un año al hospital y, como dice cada día el inmortal Pablo Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Ni María Antonia ni yo somos los mismos.
Cuando María Antonieta llegó, acompañada de su madre, a la consulta, casi ni hablo, ni me miró. Tenía todo el cabello sobre la cara y venía con su uniforme escolar. Solamente habló la madre, diciendo que traía a su hija porque era demasiado tímida, que no hablaba en el colegio, que no tenía amigos, solamente estaba sumergida en los libros en su cuarto, y que no quería salir a la sala ni siquiera para saludar a sus tíos, cuando la visitaban para alguna ocasión especial. Algunas veces la quisieron forzar a salir, pero ella se negaba y se ponía a llorar. Es por eso que su familia ya no le insistía.
En el colegio tenía buen rendimiento académico, aunque los profesores anotaban que se aislaba y que inclusive no quería salir a exposiciones, solamente se dedicaba a realizar los trabajos en forma excelente, y en caso de ser absolutamente necesario, salía al frente a exponer y empezaba a tartamudear ante la burla de los compañeros.
Más tarde, cuando ya pudo manifestar sus dificultades, mencionó que desde pequeña, prefería aislarse de sus compañeras por temor a caer en ridículo, pero que sus deseos eran pertenecer al grupo y ser aceptada. Ella estudiaba mucho, se aprendía de memoria alguna exposición, pero una noche antes de la exposición, no podía dormir, quería que no llegara el nuevo día, se imaginaba situaciones terribles, pensaba que se olvidaría todo el tema. Quería que no llegara el nuevo día, deseaba que sucediera algún evento catastrófico, como un fuerte temblor o un terremoto que solamente afectaran las estructuras del colegio, deseaba que algo le retrasara a la profesora, que le sucediera alguna enfermedad intestinal aguda para que no pudiera asistir, pero lamentablemente para María Antonieta, nada de esas cosas sucedían, y aún a su pesar, se colocaba su uniforme escolar, se le estrujaba el pecho, le latía rápido el corazón y le sudaban las manos. Ya desde tres cuadras antes de llegar al colegio le empezaban a temblar las piernas y le parecía que en vez de avanzar, estuviera retrocediendo. Alguna vez sucedió que dieron asueto justo antes de su exposición, ella creyó inicialmente que era mejor para ella, pero más tarde se convenció de que solamente era prolongar una semana más toda aquella agonía. Cuando pasaba aquella situación estresante, se sentía la chica más feliz de la tierra, aun cuando no haya hablado nada.
Poco a poco en las siguientes consultas, fue manifestando ella misma que no se sentía bien con esta situación, que en realidad ella quería conversar con las demás personas, que le gustaría conversar con los chicos, y que inclusive le gustaría ser popular entre sus compañeros. Ella tenía una mejor amiga que se sentaba a su costado y con quien compartía sus conocimientos y sus notas, y esta amiga llegó a ser su portavoz ante sus otras compañeras y ante sus profesores. Ella parecía adivinar lo que María Antonieta deseaba, y ella era la que alzaba su voz para reclamar por ella.
Al preguntarle para qué venía a la consulta, ella rompió a llorar amargamente y, sin mirarme empezó a relatar las situaciones que le preocupaban. Ella y su madre estuvieron de acuerdo con el tratamiento integral y cuando le propuse que venga a Terapia de grupo, con otras chicas y chicos de su edad, cerró los puños hasta blanquear los nudillos y después de tragar saliva me preguntó que si allí iba a hablar, a lo que le respondí que las primeras veces iba a estar escuchando solamente y que cuando ella tuviera ganas, recién iba a hablar y no necesariamente lo que le sucedía, sino solamente participar del tema del cual se hablaba.
Ha pasado ya un año, y la última vez que vi a María Antonieta, ya no era la misma. De aquella chica que se tapaba la cara con sus cabellos y que casi ni hablaba, ahora se vestía diferente y arreglaba su cabello y estaba impaciente para acudir a los grupos de Terapia de los martes donde participaba activamente y hablaba de los tópicos que le interesaban. Paralelamente, ella le había pedido a la madre participar de talleres de oratoria.
Yo, al igual que María Antonieta, ya no soy el mismo, ahora estoy mucho más contento.

Enuresis Nocturna

Una pareja de esposos acude a consulta porque sus tres hijos varones, de 11, 9 y de 7 años de edad, aún continúan orinándose en las noches, a diferencia de la hermana mayor, de 13 años, quien nunca presentó esta dificultad.
Los padres son de origen piurano y ya han utilizado todos los métodos caseros que se pregonan en este tipo de casos: les han amenazado, les han gritado, les han pegado, les han sentado sobre ladrillos calientes, los han frotado con orina, y los han frotado con kerosene y los han forrado con periódicos, pero nada.
Pareciera que ya hubieran adoptado un modelo de vida: todos los colchones de los varones utilizan plásticos, la ropa de cama y las pijamas, aún cuando las asolean, ventilan y lavan con frecuencia, despiden olor a orina que impregna toda la casa, aunque pareciera que los dueños de la casa ya se hubieran acostumbrado a ese berrinche.
Y pienso que así hubieran seguido, si es que el menor de 7 años, no hubiera realizado lo que hizo. En el colegio ya lo conocen como el meón, lo fastidiaban porque su uniforme olía a pichi, y todos aquellos que habían visitado su casa decían que toda su casa olía a berrinche. Una de las veces la madre lo sorprendió que el niño dormía con una bolsa de plástico, pero lo que permitió que acudieran a consulta,  fue, que el niño había tomado una madeja de hilo y se lo había envuelto alrededor del pene. La madre refirió que le vino una especia de pálpito, de que algo andaba mal con su hijo y fue a verificar que estuviera durmiendo, y algo hizo que verificara que estuviera seco. Allí fue cuando vio que el pene del niño estaba hinchado y morado. Lo llevó a Emergencia, donde dice que le dijeron que lo había traído a tiempo, que si hubiera demorado un poco más y habrían que amputarle el pene porque se estaba necrosando. La madre le contó al médico lo de los otros dos niños y los tres fueron derivados a psiquiatría.
Al realizar la Historia Clínica, nos enteramos que el padre había sufrido enuresis nocturna hasta los 16 años, en que, por razones fortuitas, tuvo la necesidad de viajar a Lima y fue hospedado en la casa de un exportador de cerámica de Chulucanas. Esa noche tenía miedo dormir y quedar mal. Ya de madrugada se quedó dormido y al despertarse se vio en apuros para planchar las sábanas y el colchón y se fue sin despedirse del dueño de casa. Poco tiempo después se acompañaría con la que hoy es madre de sus cuatro hijos y con ella nunca ocurrió que se orinara en la cama, aunque recordaba que en las primeras noches tenía sueños en los que se orinaba en la cama.
Cuenta también que sus padres lo corrigieron usando muchos métodos coercitivos sin ningún resultado. Dice que también utilizaron el “secreto de las cenizas”, que es muy conocido entre las madres de Chulucanas. Ellas toman un poco de ceniza dela cocina de leña, lo envuelven en un papel y le dicen al churre que se lo lleve a la comadre. El niño cruza todo el pueblo y al llegar donde la madrina, ésta desenrolla el papel y al ver las cenizas, le pide al mismo niño que le traiga las ramas más gruesas de algún arbusto cercano y de repente y sin ningún aviso le empieza a latiguear y a reclamarle que porqué se orina en la cama siendo tan grandazo. El niño desconocía cómo es que la madrina se había enterado. Dice que ni este secreto lo curó.
Los tres niños ya han venido con varios exámenes que han excluido cualquier otra causa de origen orgánico. Y por lo tanto solamente han quedado las causas psicológicas y familiares.
Se le dio recomendaciones a los padres de que vigilaran la ingesta de líquidos de los niños durante todo el día, disminuyéndolos en las tardes y noches. Todos los días, antes de acostarse deberían orinar sin olvidarse ninguna vez. Además todos los niños llevaron una especie de control donde marcaban con una aspa roja los días que se orinaban. Se estableció una especie de competencia entre los tres, resultando ganador el menor.
Tres meses después, con las recomendaciones, las psicoterapias de familia, y con la ayuda de medicación no han vuelto a orinarse y están realizando sus labores con normalidad.
Los padres siguen recibiendo sesiones en la Escuela de Padres.

martes, 27 de agosto de 2013

Retraso Mental con Síntomas Psicóticos

Deyanira es la mayor de tres hermanos. Ella tiene trece años, Mario, el segundo diez y Sergio, el tercero, siete años.
Deyanira nació de parto vaginal en un hospital y tuvo muchas dificultades durante el nacimiento, la madre estuvo sufriendo varios días y como ya tenía sufrimiento fetal, decidieron realizar un parto instrumentado: utilizaron fórceps, que son como dos cucharas grandes para tomar la cabeza del feto y ayudarlo a nacer. Nació morada y demoró en respirar una eternidad. Le limpiaron el líquido verde y no se la llevaron inmediatamente a la madre, sino que más bien estuvo en incubadora durante cinco días.
La madre salió de alta primero y después de varios días le entregaron a su hija. Deyanira tuvo muchas dificultades para pararse, luego para caminar y empezó a hablar a los cuatro años, casi al mismo tiempo en que lo hacía su hermano Mario, que sí nació por cesárea. Como su madre era profesora, la puso en el colegio donde ella enseñaba y allí podía verla y cuidarla. Repetía varias veces el mismo año y muchas veces encontraba que otros niños se burlaban de la simplicidad con que Deyanira veía el mundo. Inclusive los niños menores la enviaban a hacer fuego, o la convencían para gastarles una broma a las profesoras.
Deyanira aprendía lento, pero segura, llegó a tener una magnífica letra redonda y muy clara. Le gustaba dibujar, casi toda su comunicación se realizaba con dibujos. Su madre le compraba un montón de cuadernos para que escribiera y otro montón de cuadernos para dibujar. Lo que más le gustaba era pintar con los colores, ella se sentía muy feliz porque nunca se pasaba de los límites del dibujo, cada parte con su color.
Y así fue creciendo hasta hace siete meses en que su hermano Sergio la encontró golpeándose la cabeza contra la pared del baño y con un cuchillo ensangrentado. La madre asustada corrió donde ella y se dio cuenta que tenía sangre por todos lados y no podía distinguir, en medio de su desesperación, de quién era la sangre, hasta que se dio cuenta que le había venido su menstruación por primera vez. Y que también por primera vez, Deyanira estaba mostrando un comportamiento extraño: nunca se había hecho daño. Durante varios días no pudo dormir y empezó a morderse el dorso de la mano hasta producirse una especie de callos. Por momentos miraba al vacío y gritaba asustada pidiendo que la defendieran de esos niños rojos que le querían hacer daño. Decía que todos esos niños le cantaban en coro que se golpeara la cabeza y si no lo hacía gritaban cada vez más hasta hacerle doler los oídos.
Deyanira fue llevada a emergencia, se le realizaron los exámenes respectivos y se hospitalizó con el diagnóstico de Retraso mental con síntomas psicóticos. Estuvo hospitalizada durante diez días aproximadamente y su madre tuvo permiso para permanecer junto a ella.
Al salir de alta, Deyanira ya no tenía alucinaciones, tampoco se agredía ni se quedaba insomne toda la noche. Actualmente se encuentra con medicación antipsicótica y al decir de sus padres y hermanos, está como antes, haciendo los mismos chistes que hacía. Le gusta salir al parque y de paso lleva a su perrita a jugar con sus hermanos.
Lo que más me gusta de Deyanira, aparte de su recuperación, es, que cada vez que viene a la consulta trae consigo un dibujo especial para mí, lleno de colores. La última vez me ha traído un pavo real con una cola desplegada enorme, de muchísimos colores, que desde la pared en que lo he colocado, tiene la capacidad de quitarle un poco de gris a este frío invierno limeño.

jueves, 22 de agosto de 2013

Agorafobia

Andrés es un joven universitario que dentro de poco cumplirá 18 años, y por lo consiguiente, perderá el seguro social de salud. Está preocupado porque ya no podrá seguir tratándose en psiquiatría de niños y adolescentes. Le proponemos que después de que cumpla los 18 puede seguir tratándose en algún hospital del Ministerio de Salud.
Hace poco tiempo lo hemos diagnosticado de Agorafobia. Está en el quinto ciclo de la carrera de Arquitectura en la Universidad de Ingeniería, y no hubiera acudido a la consulta si no es porque en el último ciclo estaba faltando demasiado a sus clases, simplemente porque tenía miedo a tomar la combi desde Villa El Salvador hasta la UNI. Dice que el miedo empezó cuando fue asaltado hace cinco meses, después de haber terminado de jugar futbol. Recuerda que ese día le habían pateado la rodilla derecha durante el partido y que después se quedó acompañando a sus amigos a tomar unas cervezas. Él no toma nada de licor, solamente se quedó a acompañar a su amigo. Al regresar a su casa desde la cancha del Parque Zonal Huáscar, fueron asaltados por una gavilla de pandilleros que los dejaron sin un sol para el pasaje. Aunque su casa no estaba tan lejos, el camino se le hizo más largo porque le dolía la rodilla para caminar, pero lo que más le causó impresión fue que vio morir accidentado a un joven en el paradero, embestido por una combi. Dice que no se pudo sacar la imagen del joven agonizando. Llegando a casa se puso a vomitar y después se quedó escupiendo, por las puras, durante varios días.
Al día siguiente no tenía ganas de ir a la Universidad, pero su mamá le obligó a que fuera. Se sentó en el asiento posterior, y le parecía que había mucha gente, que le faltaba el aire porque las ventanas le parecían muy chicas, a pesar de que estaban abiertas. Después, al venir por la Panamericana, la combi aceleraba más la velocidad y empezó a latirle más rápido el corazón, y casi no le entraba aire en los pulmones. A él muchas veces le había gustado la velocidad, pero ese día tenía una sensación de que estuviera cayendo rápidamente desde un ascensor. Entonces, no pudo más, y cuando el cobrador se dio cuenta de que estaba tornándose pálido, pagó y se bajó en el paradero del puente Atocongo. Tuvo nauseas, pero no vomitó. Poco a poco se fue tranquilizando, y regresó a casa caminando. Dice que se demoró como una hora en regresar.
Cuando llegó a casa la madre le preguntó qué le pasaba y él solamente se limitó a llorar. Le contó a sus padres que tenía miedo viajar en la combi pero no le creyeron y al día siguiente volvió a probar.
Igual le sucedió. Y estaba preocupado porque ya se venían sus exámenes parciales. Entonces el papá contrató a su compadre para que lo llevara en automóvil, muy despacio, con las ventanas abiertas y acompañado de su madre. Por más que los familiares le decían que nada malo le iba a suceder, él seguía con miedo, y este miedo fue creciendo hasta el punto de imposibilitarlo a salir de la casa, ya no podía salir ni siquiera en taxi.
Después me diría que a la primera consulta se vino caminando desde su casa en Villa el Salvador hasta el distrito de La Victoria, menos mal que ya estaba mejor de la rodilla. Me levanté a las cuatro de la mañana y me vine caminando, mi madre y mis hermanos me quisieron acompañar, pero le dije a mi mamá que me esperara en el hospital, solamente me hizo caso cuando le dije que podría acompañarme mi hermano, es demasiado lejos para que ella pudiera venir caminando.
Ya está en tratamiento farmacológico y psicoterapéutico desde hace un mes y por lo menos ya puede venir a la consulta en taxi. Y aunque le moleste el ruido y los gritos de los niños, ahora tiene más paciencia para esperar su turno.
Espero que aún cumplidos los 18 años, Andrés pueda continuar con su tratamiento y proseguir con su vida normal.

domingo, 18 de agosto de 2013

Alcoholismo

Nicanor es un paciente de 44 años, que desde hace tres años acude a sus citas con regularidad en el Centro Pastoral de la Diócesis de Chulucanas. Y cada vez que lo veo es una gran alegría saber lo bien que le va.
La primera vez estaba desolado, con aliento alcohólico, con las manos temblando, acompañado de su esposa. Me dijo que de una vez por todas quería que lo ayudara a dejar el alcohol, que ya lo había intentado muchas veces, sin ningún resultado.
Y cuando le pregunté para qué quería dejar de consumir alcohol, me respondió que era por sus hijos y por mi esposa aquí presente. Empezó a recitar una innumerable letanía de motivos por los cuales quería dejar de consumir alcohol, desde que a su señora madre, que Dios la tenga en su gloria a mi mamita, le hubiera gustado verlo saludable hasta por sus hijos, que ya están grandazos y les da vergüenza tener un padre borracho como yo. Y ya estaba por contarme de sus tres hijos, que el mayor tiene 26 años y el menor 22, cuando lo interrumpí para volver a realizarle la pregunta: ¿Para qué quieres dejar de consumir alcohol Nicanor?
Ya le dije pues doctor, me respondió.
No; le dije, no me has respondido, yo he preguntado para qué, no he preguntado por qué.
Se quedó callado largo rato y después dijo: para estar sano pues doctor, para tener una vejez tranquila, para trabajar, para disfrutar de la vida, de mi esposa a quien he descuidado y de mis hijos, para que no sigan teniendo vergüenza de tener un padre como yo, que por poco y no me recogen en carretilla para llevarme a mi casa. Y es que ya he intentado dejarlo muchas veces, pero no pasa un día y nuevamente vuelvo a recaer. Le he dado hasta pepas molidas de guabas y nada doctor, añade la esposa.
Nicanor empezó tomando chicha cuando era estudiante del San Ramón, en un tambo camino a Yapatera, recuerda muy bien su primera borrachera porque tenía la barriga inflada y un anciano que iba en burro, sacó un frasquito de la alforja y le dijo: toma un trago de anís para que te baje el barro de la chicha. Y le pareció milagroso que de un momento a otro, el trago de anisado le compusiera el malestar estomacal, pero igual le daba vueltas la cabeza. Recuerda que se dijo en ese momento, y al día siguiente, que nunca en su vida volvería a tomar una gota de alcohol en ninguna de sus formas. Pero poco a poco volvió a tomar, y resultaba mareado, inicialmente para ocasiones importantes como su cumpleaños, hasta después emborracharse por cosas sin importancia, inventando excusas para salir a tomar con los amigos.
Su esposa me dijo, yo pensé que lo iba a cambiar, pero ya ve doctor, llevamos 27 años de convivientes y está peor. Hoy día, para poder venir a la consulta ha tenido que tomarse un trago de cañazo, es que si no lo hago me tiembla todo el cuerpo y las manos, y no me dan ganas ni de levantarme, me duele todo el cuerpo, interrumpió Nicanor.
Al comienzo yo era el supermán, tomaba y tomaba y me reía de mis amigos y les decía que tenían cabeza de pollo porque ellos rápido se mareaban y yo demoraba y aguantaba bastante. Desde hace tres años ya me mareo solamente con una cerveza y todos los días tengo que tomar para poder seguir trabajando en la mecánica. Si no tomo no puedo dormir, ni tampoco puedo coger las herramientas porque me empiezan a temblar las manos.
Me he dado cuenta de que ya no puedo más y que necesitamos ayuda. Es por eso que hemos venido a verlo, doctor, me suplicaba acongojado.
Hace tres años empezamos el tratamiento y le advertí que tendría algunas molestias que probablemente le durarían una semana, le dije que en un mes yo regresaría a Chulucanas y que cualquier cosa me podría llamar por teléfono. Y le dejé las recomendaciones de que no frecuentara a los “amigos” con los cuales consumía, que dejara de pasar frente a los chicheríos o cantinas donde antes consumía, que dejara de escuchar la música con la cual acompañaba el beber cerveza, y que no llevara dinero consigo, que durante un tiempo, todo el dinero que ganara, iba a ser administrado por la esposa.
Le dejé medicación para evitar el síndrome de abstinencia, y, gracias a Dios, que Nicanor resultó ser un paciente disciplinado, que ahora, después de tres años, sigue en abstinencia y esta vez no solamente acude con su esposa, sino que también viene con sus tres hijos y hasta con los nietos.
Es una alegría enorme ver recuperados a los pacientes. Ellos a veces piensan que los médicos hacemos milagros, cuando en realidad son ellos mismos los que hacen todo el trabajo de su recuperación.

jueves, 8 de agosto de 2013

Psicoterapia: Una palabra tuya bastará para sanarme

Muchas veces, en todas las áreas del campo médico, nos bastaría con escuchar atentamente al paciente e intervenir con la palabra adecuada en el momento adecuado.
Y en el área específica de la Salud Mental, el uso de la palabra es fundamental. A medida que ha transcurrido el tiempo, en distintos espacios se ha querido dar soluciones de acuerdo a sus circunstancias, por lo tanto existen cientos de diferentes tipos de psicoterapias.
Todas ellas tienen el común denominador de usar la palabra, para producir cambios en los pensamientos, sentimientos y en la conducta de las personas.
Hace varios años, un psicólogo llamado Richard Bandler, junto al lingüista John Grinder, decidieron averiguar qué tenía en común el éxito de los tres más grandes terapeutas de su época. Estudiaron la técnica hipnoterapéutica de Milton Erickson, a Virginia Satir, especialista en Terapia de Familia, y a Fritz Pearls, creador de la Gestalt. Cada uno de estos terapeutas era muy bueno en su campo, y obtenían excelentes resultados con sus psicoterapias.
Fue entonces que Richard Bandler y John Grinder decidieron averiguar qué tenían en común estos tres grandes terapeutas y, después de un paciente y prolongado trabajo se dieron cuenta de que, lo que tenían en común, era la forma en cómo usaban la palabra, el lenguaje verbal.
Este trabajo lo plasmaron en su primer libro denominado: La estructura de la magia, donde dan cuenta que lo que hacen los terapeutas es solamente el uso adecuado de las palabras. Por ese entonces, Noam Chomsky lanzaba su teoría de la gramática generativa.
En resumen, el aprender a desaprender el uso que le hemos estado dando a la palabra, nos llevará a un estado saludable.
Usamos la palabra para relacionarnos con los demás, acerca de nuestro medio ambiente que nos rodea, mientras más fidedignos seamos, más saludables estaremos, mientras más distorsionemos el lenguaje, más nos alejaremos de la realidad, y por lo tanto, de nuestra salud.
Mientras distorsionamos el lenguaje, distorsionamos la realidad. Existen varias formas de distorsionar el lenguaje, una de ellas es la generalización, como cuando decimos “nunca”, o “siempre”, “todos”, “nadie”. Muchas veces escuchamos decir: “Es que todo el mundo tira basura en la calle”, a lo que solamente preguntamos ¿Todo el mundo? ¿Has llegado a conocer a todo el mundo? Otra expresión parecida es cuando dicen: “todas las mujeres son iguales”, lo cual no es real, porque una sola persona no podría tener el conocimiento del comportamiento de todas las mujeres del mundo, solamente de aquellas con las cuales se ha interrelacionado. Una expresión común es “nunca nadie me ha dado cariño, por eso es que yo soy muy seco”.
Una segunda forma de distorsión del lenguaje es la omisión, en la cual la persona emite una opinión donde falta una parte de la información, por ejemplo cuando dicen: “en mi trabajo no me hacen caso”, en esta frase falta información, y nosotros preguntamos: “¿Quién específicamente de tu trabajo no te hace caso?”
La tercera forma de distorsionar el lenguaje es la simplificación excesiva de lo queremos decir, o cuando creemos leer los pensamientos de la otra persona o cuando sin preguntar, suponemos cosas que no son reales. Por ejemplo: “Esta mañana mi jefe no me ha saludado, eso significa que no está contento con mi trabajo”. A lo que preguntamos: ¿Nunca te ha sucedido que has olvidado saludar a alguien?, ¿Nunca has estado preocupado por tu familia u otros asuntos?” o simplemente, “¿Cómo relacionas el hecho de que no te salude, creas que no está contento con tu trabajo?”
En la práctica, la psicoterapia adecuada consiste en escuchar atentamente al paciente e intervenir haciendo preguntas adecuadas en el momento preciso para acompañar al paciente en su proceso de cambio.

De regreso a la Escuela

El día de ayer lunes 4 de marzo miles de escolares han regresado al colegio y muchos niños han pisado las aulas por primera vez.  Y es precisamente a causa de que su hija mayor no quería ir al colegio el año pasado, es que una madre consultó desesperada porque este año empezaría a asistir su hijo menor. La madre decía que no quería que se repitiera lo que le pasó a su hija mayor, que durante varias semanas la niña lloraba para no ir colegio, largaba lastimeros llantos cuando era llevada a la fuerza al colegio y antes de que se retirara la madre, la niña se aferraba con tanta fuerza a la puerta del colegio que a la madre se le desgarraba el corazón y al final terminaba por llevar a su hija a la casa. La primera vez la dejó allí sin importar que llorara y según la madre, que vivía a siete cuadras del colegio, decía que mientras realizaba las labores de la casa lograba escuchar el llanto de la hija. Desde aquella vez, la niña se volvió malhumorada, volvió a orinarse en la cama y, la mayor parte de las noches se despertaba lanzando un alarido y luego se volvía a dormir. Menos mal que encontró una profesora muy comprensiva que iba a visitarla a la casa, y algunas veces llevaba a algunos niños con uniforme escolar a la casa de la niña. Empezaban juegos que poco a poco terminaban en el colegio.
Y esta vez la madre consultaba desesperada cómo hacer para que no sucediera lo mismo con el hijo menor.
Entonces, desde diciembre,  planteamos unas excelentes vacaciones útiles a los dos hermanos. Tres días de piscina, dos días de juegos de pelota y todos los fines de semana toda la familia se iba de paseo al campo o a la playa. Y ya desde entonces la madre y el padre le empezaron a hablar con entusiasmo sobre las bondades del colegio, de los nuevos compañeritos que conocería, de la profesora que le enseñaría y de todo lo nuevo que aprendería. El niño empezó a interesarse por las cosas nuevas y acompañó a su madre a visitar las librerías, los sitios de venta de uniformes, de zapatos, y cada vez que le mostraba alguna cosa le decía: mira esto vas a usar en tu colegio. Hasta que poco a poco, la transición de la casa al colegio fue imperceptible y más bien se creó una gran expectativa hacia lo que iba a venir. El niño participó en comprar la mochila, los útiles escolares, ayudó a forrar  los cuadernos, a pegar figuritas, a oler los cuadernos y libros nuevos. La hermana también ayudó al hermano en su nueva etapa.
Ayer en la tarde me llamó la madre emocionada para decirme con la voz temblorosa, que la más nerviosa había sido ella. Que el niño se desprendió fácilmente de su mano, y empezó a jugar con los demás niños, que siendo aún extraños, jugaron como si se conocieran de toda la vida. Ella se quedó hasta que la profesora los hizo formar y les empezó a enseñar una canción que la madre recordó haberla cantado alguna vez cuando niña.
De regreso el niño ni bien llegó a casa, le empezó a contar todo lo que habían hecho durante las clases, que le había gustado el recreo y empezó a nombrar a la totalidad de sus nuevos amigos y compañeros. Me dijo que el menor ya estaba dispuesto a arreglar sus útiles para el día siguiente y que esta vez no le importaba que en un solo día hubiera ensuciado y roto el uniforme. Era preferible todo esto a lo que le sucedió con su hija mayor.
Y es que no todas las personas nos adaptamos con la misma facilidad al cambio. Algunas demoran más otras demoran menos en adaptarse. En este caso depende también de la conducta que reforzamos en nuestros niños. No es conveniente utilizar la palabra colegio como un castigo, sino más bien como un estímulo para ser mejores hombres y mujeres en un futuro cercano.
Va desde aquí mi agradecimiento y mis felicitaciones a todos aquellos maestros, forjadores de muchos futuros, que con toda su dedicación, trasladándose hacia los lugares más alejados contribuyen con la educación de nuestros hijos.