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martes, 15 de octubre de 2013

Emo

Ayer caminando por el Centro de Lima, me crucé con un joven como de 15 años, delgado, vestido de negro, con varios piercings en la cara, expansores en las orejas y algunos tatuajes en los brazos. Pensé que hasta el momento no había visto personas maduras con este tipo de vestimenta; y recordé a Serafín, un joven que tenía 15 años cuando lo vi por primera vez en el año 2005, cuando realizaba la Subespecialidad de Psiquiatría de niños y adolescentes en el Hospital Rebagliati. Por ese entonces, en Lima, las personas se estaban preocupando porque estaba llegando una nueva moda de ciertos chicos y chicas que empezaban a vestirse de negro y a tener un tipo de vida bastante diferente.
Lucía, la madre, vino desconsolada a la consulta preguntándose qué había hecho mal para tener un hijo así, que ya había cortado sus brazos en varias oportunidades. Mi familia está formada en valores cristianos, yo soy cristiana evangélica y siempre le he dado lo mejor a mi familia. Creo que lo peor que pudimos hacer era darle todo lo que pedía, al comienzo no me percaté, pero cuando salíamos de compras siempre me pedía polos y pantalones de color negro, hasta que cuando ya nos dimos cuenta hasta había pintado su cuarto de color negro, el cabello no se lo quería cortar y se tapaba los ojos y no sé cómo puede mirar a través del cerquillo que le tapa toda la cara. Y cuando empezaba a pedirnos dinero le dijimos que se pusiera a trabajar y allí fue que empezó a ir a una tienda donde hacen tatuajes y se reúnen todos los muchachos que se visten así.
Serafín, respondía sin mirar y tenía pintados los ojos con una línea negra. Decía que no necesitaba que lo ayudaran, que se sentía bien estando deprimido, que no quería vivir, que le gustaba la música heavy metal y el hard rock, que estaba molesto porque su madre no le había comprado las zapatillas de marca que había pedido, y que con gran esfuerzo había logrado disminuir tres tallas en la ropa. Usaba un pantalón muy estrecho de eso denominados pitillo, muy ajustados al cuerpo, zapatillas negras con calaveras rosadas, uñas pintadas de negro y decía que si sus padres lo habían traído al mundo, ellos tendrían que soportarlo así como era y que no quería ni estudiar ni trabajar, y que sus padres deberían mantenerlo para toda su vida.
“Con mis amigos nos sentimos bien, salimos en las noches, entre varios porque en Los Olivos, que es donde vivimos, la vez pasada nos persiguieron unos pandilleros, a veces vamos a discotecas con una botella de Punto G o a veces la pasamos mejor en la casa de alguno de nosotros cuando nos enteramos de que sus padres no van a estar. Mis amigos me comprenden. Con ellos me siento bien. Para no engordar, al comienzo vomitaba apenas comía y después llegué a vomitar sin necesidad de hacer ningún esfuerzo. Ahora ya no vomito, simplemente no tengo hambre. No entiendo por qué mis padres me quieren cambiar mi forma de ser. Esta sociedad está podrida, nadie la podrá componer. No tengo ganas de seguir viviendo”.

Serafín inició tratamiento psicofarmacológico, y aun así se hospitalizó varias veces más, casi todas por intento o gesto suicida. Ya tenía cicatrices en ambos brazos y en el abdomen. Mientras tanto los padres acudían puntuales a sus citas y participaban de las Terapias de padres. Realizaron cambios radicales, como cambio de domicilio, aunque al poco tiempo Serafin volvió a tener nuevos amigos Emo; también los padres cambiaron de trabajo para poder compartir más tiempo con sus hijos. La hija menor, de doce años, decía que no le gustaba mirar a su hermano con esas heridas en los brazos. Poco a poco Serafín fue dejando el color negro de sus vestimentas, pero usaba algunos coloridos con calaveras, que también lo identificaban como Emo, llegó a cortarse un poco el cabello, pero seguía lacio y un poco cubriendo la cara. Al cumplir los 18 años perdió el Seguro Social y le perdí el rastro hasta que hace tres meses, recibí un correo electrónico de su madre donde me contaba que actualmente Serafín está estudiando en la Universidad y que se siente mucho mejor, que ya no usa el cabello estilo Emo, que ya tiene amigos diferentes, pero que están preocupados porque sigue escuchando música metálica, que inclusive fue al concierto de Iron Maiden que se realizó en Lima el 2011. Le respondí que no todos los procesos son iguales, que algunos demoran más que otros, pero que lo más importante en Serafín es que se siente mejor y que está siendo productivo. Y lo mejor de todo es que no ha vuelto a hospitalizarse.

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