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domingo, 18 de agosto de 2013

Alcoholismo

Nicanor es un paciente de 44 años, que desde hace tres años acude a sus citas con regularidad en el Centro Pastoral de la Diócesis de Chulucanas. Y cada vez que lo veo es una gran alegría saber lo bien que le va.
La primera vez estaba desolado, con aliento alcohólico, con las manos temblando, acompañado de su esposa. Me dijo que de una vez por todas quería que lo ayudara a dejar el alcohol, que ya lo había intentado muchas veces, sin ningún resultado.
Y cuando le pregunté para qué quería dejar de consumir alcohol, me respondió que era por sus hijos y por mi esposa aquí presente. Empezó a recitar una innumerable letanía de motivos por los cuales quería dejar de consumir alcohol, desde que a su señora madre, que Dios la tenga en su gloria a mi mamita, le hubiera gustado verlo saludable hasta por sus hijos, que ya están grandazos y les da vergüenza tener un padre borracho como yo. Y ya estaba por contarme de sus tres hijos, que el mayor tiene 26 años y el menor 22, cuando lo interrumpí para volver a realizarle la pregunta: ¿Para qué quieres dejar de consumir alcohol Nicanor?
Ya le dije pues doctor, me respondió.
No; le dije, no me has respondido, yo he preguntado para qué, no he preguntado por qué.
Se quedó callado largo rato y después dijo: para estar sano pues doctor, para tener una vejez tranquila, para trabajar, para disfrutar de la vida, de mi esposa a quien he descuidado y de mis hijos, para que no sigan teniendo vergüenza de tener un padre como yo, que por poco y no me recogen en carretilla para llevarme a mi casa. Y es que ya he intentado dejarlo muchas veces, pero no pasa un día y nuevamente vuelvo a recaer. Le he dado hasta pepas molidas de guabas y nada doctor, añade la esposa.
Nicanor empezó tomando chicha cuando era estudiante del San Ramón, en un tambo camino a Yapatera, recuerda muy bien su primera borrachera porque tenía la barriga inflada y un anciano que iba en burro, sacó un frasquito de la alforja y le dijo: toma un trago de anís para que te baje el barro de la chicha. Y le pareció milagroso que de un momento a otro, el trago de anisado le compusiera el malestar estomacal, pero igual le daba vueltas la cabeza. Recuerda que se dijo en ese momento, y al día siguiente, que nunca en su vida volvería a tomar una gota de alcohol en ninguna de sus formas. Pero poco a poco volvió a tomar, y resultaba mareado, inicialmente para ocasiones importantes como su cumpleaños, hasta después emborracharse por cosas sin importancia, inventando excusas para salir a tomar con los amigos.
Su esposa me dijo, yo pensé que lo iba a cambiar, pero ya ve doctor, llevamos 27 años de convivientes y está peor. Hoy día, para poder venir a la consulta ha tenido que tomarse un trago de cañazo, es que si no lo hago me tiembla todo el cuerpo y las manos, y no me dan ganas ni de levantarme, me duele todo el cuerpo, interrumpió Nicanor.
Al comienzo yo era el supermán, tomaba y tomaba y me reía de mis amigos y les decía que tenían cabeza de pollo porque ellos rápido se mareaban y yo demoraba y aguantaba bastante. Desde hace tres años ya me mareo solamente con una cerveza y todos los días tengo que tomar para poder seguir trabajando en la mecánica. Si no tomo no puedo dormir, ni tampoco puedo coger las herramientas porque me empiezan a temblar las manos.
Me he dado cuenta de que ya no puedo más y que necesitamos ayuda. Es por eso que hemos venido a verlo, doctor, me suplicaba acongojado.
Hace tres años empezamos el tratamiento y le advertí que tendría algunas molestias que probablemente le durarían una semana, le dije que en un mes yo regresaría a Chulucanas y que cualquier cosa me podría llamar por teléfono. Y le dejé las recomendaciones de que no frecuentara a los “amigos” con los cuales consumía, que dejara de pasar frente a los chicheríos o cantinas donde antes consumía, que dejara de escuchar la música con la cual acompañaba el beber cerveza, y que no llevara dinero consigo, que durante un tiempo, todo el dinero que ganara, iba a ser administrado por la esposa.
Le dejé medicación para evitar el síndrome de abstinencia, y, gracias a Dios, que Nicanor resultó ser un paciente disciplinado, que ahora, después de tres años, sigue en abstinencia y esta vez no solamente acude con su esposa, sino que también viene con sus tres hijos y hasta con los nietos.
Es una alegría enorme ver recuperados a los pacientes. Ellos a veces piensan que los médicos hacemos milagros, cuando en realidad son ellos mismos los que hacen todo el trabajo de su recuperación.

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