María Antonieta es una adolescente de 17 años, acudió hace un año al hospital y, como dice cada día el inmortal Pablo Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Ni María Antonia ni yo somos los mismos.
Cuando María Antonieta llegó, acompañada de su madre, a la consulta, casi ni hablo, ni me miró. Tenía todo el cabello sobre la cara y venía con su uniforme escolar. Solamente habló la madre, diciendo que traía a su hija porque era demasiado tímida, que no hablaba en el colegio, que no tenía amigos, solamente estaba sumergida en los libros en su cuarto, y que no quería salir a la sala ni siquiera para saludar a sus tíos, cuando la visitaban para alguna ocasión especial. Algunas veces la quisieron forzar a salir, pero ella se negaba y se ponía a llorar. Es por eso que su familia ya no le insistía.
En el colegio tenía buen rendimiento académico, aunque los profesores anotaban que se aislaba y que inclusive no quería salir a exposiciones, solamente se dedicaba a realizar los trabajos en forma excelente, y en caso de ser absolutamente necesario, salía al frente a exponer y empezaba a tartamudear ante la burla de los compañeros.
Más tarde, cuando ya pudo manifestar sus dificultades, mencionó que desde pequeña, prefería aislarse de sus compañeras por temor a caer en ridículo, pero que sus deseos eran pertenecer al grupo y ser aceptada. Ella estudiaba mucho, se aprendía de memoria alguna exposición, pero una noche antes de la exposición, no podía dormir, quería que no llegara el nuevo día, se imaginaba situaciones terribles, pensaba que se olvidaría todo el tema. Quería que no llegara el nuevo día, deseaba que sucediera algún evento catastrófico, como un fuerte temblor o un terremoto que solamente afectaran las estructuras del colegio, deseaba que algo le retrasara a la profesora, que le sucediera alguna enfermedad intestinal aguda para que no pudiera asistir, pero lamentablemente para María Antonieta, nada de esas cosas sucedían, y aún a su pesar, se colocaba su uniforme escolar, se le estrujaba el pecho, le latía rápido el corazón y le sudaban las manos. Ya desde tres cuadras antes de llegar al colegio le empezaban a temblar las piernas y le parecía que en vez de avanzar, estuviera retrocediendo. Alguna vez sucedió que dieron asueto justo antes de su exposición, ella creyó inicialmente que era mejor para ella, pero más tarde se convenció de que solamente era prolongar una semana más toda aquella agonía. Cuando pasaba aquella situación estresante, se sentía la chica más feliz de la tierra, aun cuando no haya hablado nada.
Poco a poco en las siguientes consultas, fue manifestando ella misma que no se sentía bien con esta situación, que en realidad ella quería conversar con las demás personas, que le gustaría conversar con los chicos, y que inclusive le gustaría ser popular entre sus compañeros. Ella tenía una mejor amiga que se sentaba a su costado y con quien compartía sus conocimientos y sus notas, y esta amiga llegó a ser su portavoz ante sus otras compañeras y ante sus profesores. Ella parecía adivinar lo que María Antonieta deseaba, y ella era la que alzaba su voz para reclamar por ella.
Al preguntarle para qué venía a la consulta, ella rompió a llorar amargamente y, sin mirarme empezó a relatar las situaciones que le preocupaban. Ella y su madre estuvieron de acuerdo con el tratamiento integral y cuando le propuse que venga a Terapia de grupo, con otras chicas y chicos de su edad, cerró los puños hasta blanquear los nudillos y después de tragar saliva me preguntó que si allí iba a hablar, a lo que le respondí que las primeras veces iba a estar escuchando solamente y que cuando ella tuviera ganas, recién iba a hablar y no necesariamente lo que le sucedía, sino solamente participar del tema del cual se hablaba.
Ha pasado ya un año, y la última vez que vi a María Antonieta, ya no era la misma. De aquella chica que se tapaba la cara con sus cabellos y que casi ni hablaba, ahora se vestía diferente y arreglaba su cabello y estaba impaciente para acudir a los grupos de Terapia de los martes donde participaba activamente y hablaba de los tópicos que le interesaban. Paralelamente, ella le había pedido a la madre participar de talleres de oratoria.
Yo, al igual que María Antonieta, ya no soy el mismo, ahora estoy mucho más contento.
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