Hace
aproximadamente tres años, un joven, que estaba hospitalizado por sentir
intensos deseos de morir después de haber terminado su relación sentimental con
su enamorada, me miró con asombro porque después de haber estado prácticamente
durmiendo durante una semana, un compañero suyo le había prestado un libro de
cuentos, y como al descuido empezó a leerlo y en uno de ellos encontró que
tenía cierto parecido con lo que estaba viviendo. Para él fue como una
revelación.
Y recordé muchos aspectos en que la palabra escrita había
cambiado muchas vidas, recordé todas las lecturas que en su debido momento
marcaron etapas en mi vida.
Los
primeros tiempos de Las mil y una noches, las múltiples historias de la
Mitología griega, los libros de nuestro gran Gabriel García Márquez y aquellos
de aventuras de Julio Verne. Todos aquellos libros diferentes y parecidos, en
cierta forma habían llegado, cada uno, a su debido tiempo. Vertí muchas
lágrimas con Mi
planta de naranja lima, reí de muy buena gana con La tía Julia y el
escribidor, me volví detective meticuloso con Agata Cristhie, poeta con
Vallejo, Neruda, César Calvo y con mi amigo Lucho García López, me volví un ser
anodino y citadino con Julio Ramón Ribeyro. En suma, viví vidas diferentes a
través de los personajes de cada libro. Y también con la vida de sus autores a
través de sus obras. Así me enteré de los sufrimientos de Herman Hesse, de las
dificultades para escribir de nuestra Clorinda Matos de Turner, de aquellos que
elevaron al país como una bandera en el aire y que murieron jóvenes en la
espesura de la selva o de aquellos eruditos como Jorge Luis Borges, quien decía
que siempre imaginaba que el paraíso sería algún tipo de biblioteca.
Ahora, mirando en retrospectiva, estoy contento con haber
conocido escritores de carne y hueso, en mi tierra, la Asociación de escritores
José María Arguedas, en la patria grande como el poeta Marco Martos y más allá
en el otro lado del mundo, en Sevilla, donde siempre de buen humor está mi amigo,
el escritor José Quesada Moreno.
Y no
solamente de literatura vive el hombre, también de las experiencias propias de
cada escritor, como aquel título inmenso que daría origen a una de las más
grandes escuelas de psicoterapia, como es la logoterapia, creada por Victor
Frankl, aquel judío austriaco que escribió El hombre en busca de sentido, donde narra su experiencia
atroz en varios campos de concentración nazis y en todos sus esfuerzos que hizo
para sobrevivir ante tanta barbarie.
Hoy es 23 de abril y en esta fecha celebramos el Día del libro y
además recordamos el fallecimiento de tres de los más grandes escritores:
Miguel de Cervantes Saavedra por la lengua española, William Shakespeare, por
la lengua inglesa y de nuestro mestizo biológico y espiritual de América, el
peruano Inca Garcilaso de la Vega.
Y es que a través de los libros podemos beber el conocimiento
acumulado de la raza humana y podemos conversar, si queremos, con lo más
excelso del conocimiento humano, aún cuando los respectivos autores, ya hace
tiempo han dejado de existir en este plano terrenal. Basta con abrir un libro y
el autor empezará a hablar a través de las páginas y nosotros podemos empezar
cada aventura, en el momento y en el tiempo que queramos.
Es por eso que no me sorprendiera mucho que, después de haber
estado prácticamente durmiendo toda una semana, aquel adolescente se acercara
con su rostro iluminado, con el libro en la mano, como si estuviera ante una
revelación, diciéndome que con ese cuento había aprendido mucho más, que durante
toda su vida vivida, que ese libro lo había reconfortado espectacularmente.
Sus padres, que estaban separados, se juntaron para pedirme que
lo mantuviera hospitalizado durante un par de semanas más. Tenían miedo de que
su hijo adolescente cometiera alguna locura. Tuvimos algunas sesiones más con
el joven y con la familia antes de darle de alta.
Hoy, no me arrepiento de haber tomado la decisión de un alta
pronta, y me alegro mucho cuando me entero de que está conquistando el mundo
con sus logros. Poco a poco, pero con su propio esfuerzo.
Todo, gracias a los libros.
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